Hacer un espeto puede parecer fácil. Una caña, unas sardinas, sal y las brasas. Pero detrás de esa sabrosa sencillez hay un oficio que requiere experiencia, precisión y, sobre todo, muchas horas frente al fuego. Sergio Cerdán lo sabe bien. Lleva prácticamente toda su vida entre sardinas y brasas y este año se ha alzado con el título de mejor espetero de la Costa del Sol 2026.
Su historia con el espeto se remonta a su niñez. Cuando apenas tenía 13 años, empezó a acercarse a las brasas en el restaurante que regentaba su padre. «Empecé en el negocio de mi padre. Tenía un restaurante aquí en el paseo marítimo de La Carihuela, y mi abuelo les asaba las sardinas», recuerda Sergio. Empezó «echándole una mano» y, casi sin darse cuenta, ya sabía de un oficio que terminaría convirtiéndose en una parte esencial de su vida.
«Tuve un parón, pero básicamente sí, toda mi trayectoria profesional ha sido en los espetos», explica. Una trayectoria que ahora culmina con un título con un significado muy especial. «Pues un honor grandísimo, ¿no? Un reconocimiento a la trayectoria tanto profesional, tanto nivel, pues imagínate», afirma con una sonrisa.
El premio llega en el marco del XII Concurso de Espetos Costa del Sol, celebrado el 1 de agosto en Playamar, Torremolinos. El certamen reunió a profesionales de distintos municipios de la Costa del Sol con el objetivo de elegir al mejor espetero profesional del litoral y poner en valor una de las técnicas gastronómicas más características de Málaga. La edición de 2026 ha contado con representantes de catorce municipios, entre ellos Málaga, Torremolinos, Benalmádena, Fuengirola, Mijas, Marbella, Estepona, Manilva, Casares, Rincón de la Victoria, Vélez-Málaga, Algarrobo, Torrox y Nerja. El jurado estuvo integrado por profesionales de la gastronomía, la restauración y la comunicación gastronómica.
Ahora trabaja en el chiringuito ‘La Tómbola’ en la Carihuela, desde donde Sergio no nos habla de grandes secretos ni de fórmulas complicadas. Para él, la diferencia está en dominar los pequeños detalles. «El secreto básicamente es la calidad del pescado», explica. La materia prima es el primer elemento indispensable, pero no el único. Después llega la técnica: «saber colocar la sardina, controlar la distancia respecto a la brasa y encontrar el punto exacto de cocción». «Ni demasiado hecha ni cruda».

Y empieza mucho antes de que la sardina llegue al fuego. Para Sergio, una buena sardina debe ser fresca y presentar «un nivel de grasa óptimo». No demasiada, pero tampoco poca. También importa el tamaño, aunque aquí admite que existe cierta discrepancia entre lo que suele preferir el público, que son espetos más pequeños, y sus propios gustos, buscando una sardina más jugosa.
Son detalles que solo se aprenden frente al fuego, observando y escuchando a quien realmente conoce el oficio, como Sergio aprendió de su abuelo. Un conocimiento que pasa de generación en generación y que mantiene viva una de las estampas más reconocibles de la gastronomía malagueña. Como decíamos, Sergio lo sabe bien: detrás de cada buen espeto hay mucho más que una brasa; hay toda una vida aprendiendo a dominarla.















