«El mundo es mi parroquia», decía John Wesley. Para Carlos María Fortes García, párroco de Los Boliches, en Fuengirola, ese mundo cabe hoy en la pantalla de un teléfono móvil. Su parroquia sigue estando en Fuengirola, pero su mensaje viaja mucho más lejos que las paredes de la iglesia. Las redes sociales se han convertido en un nuevo púlpito desde el que acercar la Palabra de Dios a quienes quizá nunca cruzarían la puerta de un templo.
«Acabé descubriendo que el nuevo altar para predicar hoy son las redes sociales», explica. Una afirmación que resume bien la evolución de un proyecto que comenzó con cierta timidez y que, aproximadamente un año después, ha conseguido reunir a una comunidad digital de casi 18.000 personas.
Su alcance ya supera ampliamente los límites de Los Boliches. «Llegar así no solamente a todos los bolicheros y personas de Fuengirola, que quizás no pueden venir a la parroquia o no están tan conectados con la vida de la parroquia», señala. Y añade que ese abanico «cada vez más se va abriendo más»: «Los videos llegan personas de distintos lugares del mundo, de distintos países de habla hispana, de España, de muchos lugares». Para el sacerdote, esa posibilidad de llegar a personas que de otra manera quizá nunca entrarían en contacto con su mensaje es precisamente una de las grandes virtudes de las redes. «Creo que puede ser una buena labor», resume.
Del miedo a la cámara a los miles de seguidores
El comienzo, sin embargo, no fue sencillo. Carlos reconoce que ponerse delante de una cámara le producía una enorme incomodidad. «En los vídeos me daba muchísima vergüenza salir yo», confiesa. Su primera solución fue evitar precisamente aquello que hoy se ha convertido en una de las características de sus publicaciones: aparecer en pantalla. «Lo que hacía era grabar paisajes, ponía la voz en off», recuerda. Pero quienes estaban a su alrededor le insistieron en que debía dar un paso más. «Me decían que no, tienes que salir tú, que te quieren ver a ti».
Y salir significaba enfrentarse también a otro miedo: el de exponerse públicamente. «Y más que el miedo a no hacerlo bien, es el miedo a los comentarios, incluso a personas que te conocen que te van a llamar diciendo: “Venga, no hagas el ridículo, no hagas el tonto”».
Pero con el tiempo el sacerdote ha encontrado una razón para seguir delante de la cámara. «Cuando detrás hay una buena labor de fruto, cuando hay muchas personas que te agradecen diariamente que les lleves un poquito de la Palabra de Dios, merece la pena».
Sin embargo, cuanto mayor es esa comunidad, más difícil resulta atender personalmente a todas las personas que participan en ella. Es una de las paradojas de las redes sociales: crecer significa llegar a más gente, pero también tener menos capacidad para responder a todos. «Tengo quizás una hora al día para gestionar las redes sociales y comentarios», explica. Y esa limitación de tiempo hace que ya no pueda contestar a todo el mundo como le gustaría.
Si hay algo que le genera cierta tristeza de las redes sociales es precisamente la parte más imprevisible de ese espacio: los comentarios de personas que llegan a una publicación sin conocer el contexto, la comunidad o el trabajo que hay detrás. «Haces una publicación donde has invertido muchísimo tiempo, esfuerzo, sabes perfectamente la sintonía que hay en la comunidad que ya se ha creado… y luego llega alguno que se ha encontrado el video por ahí por el algoritmo y dice cada tontería…»
Para Carlos, alcanzar casi 18.000 seguidores no tiene sentido simplemente como un número. Lo importante es lo que ocurre después de pulsar el botón de seguir. «Sabes que en la medida en que haya más seguidores, esos seguidores a su vez lo pasan a otras personas», explica. Y ahí encuentra una de las claves del proyecto: que el mensaje no termine en quien ve el vídeo por primera vez.
Carlos María Fortes García tardó un tiempo en atreverse a ponerse delante de esa cámara. Hoy, con miles de personas siguiéndole desde distintos lugares, parece haber encontrado la respuesta a aquella primera pregunta que seguramente acompañó sus comienzos: sí, realmente merecía la pena.











