Hay en Mijas una tradición que, sin contexto, parece rozar lo inverosímil. Un santo que nació en pleno desierto egipcio, animales domésticos que esperan su turno para recibir una bendición, una caracola marina que resuena en la sierra como si anunciara mareas imposibles y un peculiar ritual de noviazgo que se decide lanzando tres pequeñas piedras a la entrepierna de una imagen. ¿Quién podría imaginar que todo eso pertenece a una misma historia? Irónico, sí… Sin embargo, cada 17 de enero, todo encaja.
En Osunillas, donde la sierra mira al mar y el tiempo parece detenerse, San Antón convoca a mijeños de los de siempre. Una celebración que mezcla devoción, folclore y —un toque de gracia— sin perder ni un ápice de solemnidad. Una fiesta antigua, muy antigua, que ha sobrevivido a naufragios, reconstrucciones, cambios sociales y leyes modernas, y que hoy sigue latiendo como uno de los rituales más singulares y queridos de Mijas.

San Antón, un santo con raíces marineras y alma campesina
La fiesta de San Antón en Mijas no es una tradición reciente ni turística, sino una herencia que hunde sus raíces en el siglo XV. Según la memoria oral del pueblo, su origen está ligado al miedo y a la fe: unos marineros, sorprendidos por un temporal frente a la costa mijeña, se encomendaron al santo y prometieron levantarle una ermita si lograban salvarse. Cumplieron la promesa, y en ese gesto se sembró una devoción que atravesó generaciones.
Con el paso del tiempo, la ermita levantada en Osunillas —reconstruida en 1981 por su deterioro— se convirtió en el centro espiritual y emocional de un pueblo que encontró en San Antón un protector. Aunque la historia del naufragio nada tenía que ver con los animales, el santo, representado junto a un cerdito y venerado desde la antigüedad como guardián del mundo animal, terminó siendo aclamado por labradores, campesinos y familias que confiaban en él la salud de sus bestias de labor primero, y más tarde de sus mascotas.
Hoy, en pleno siglo XXI, los perros, gatos, aves domésticas y alguna que otra gallina han sustituido a los mulos y cabras de antaño. Pero la esencia permanece intacta: San Antón sigue siendo, para los mijeños, el custodio de todo ser vivo que acompaña al hombre.
La caracola: el sonido que despierta a un pueblo
A las diez de la mañana, cada 17 de enero, comienza un ritual que no ha necesitado modernizarse para seguir emocionando. Uno de los mayordomos del santo —figura clave en la organización de toda la fiesta— sube a la ermita y hace sonar la caracola marítima. El eco resuena en las montañas, baja por Osunillas y despierta al pueblo entero.
Para quienes viven allí desde hace décadas, ese sonido es infancia. Es memoria. Es la señal inequívoca de que ha llegado uno de los días más especiales del calendario mijeño.

Los mayordomos son los guardianes de la tradición. Desde la cocina de los callos hasta la conservación de la talla histórica del santo, su labor es tan minuciosa como invisible, y su implicación explica en buena parte que la fiesta siga intacta pese al paso del tiempo, las leyes, la modernidad y los cambios culturales.
La misa y la bendición: un rito que nunca pierde fuerza
A mediodía, los vecinos comienzan a subir la cuesta que lleva a la pequeña ermita. No hay prisa: la procesión es lenta y comunitaria, casi íntima. En el interior les espera la misa, un acto cargado de emoción que conecta a generaciones enteras que han vivido, año tras año, esta celebración.
Una vez finalizada la eucaristía, el párroco sale a la puerta de la ermita y comienza el rito más esperado: la bendición de los animales. Perros nerviosos, gatos acomodados en brazos, aves que cantan desde jaulas pequeñas, incluso alguna gallina. Lo que antaño eran mulos, burros y ganado hoy se ha transformado en mascotas queridas que forman parte de la vida familiar.
La evolución ha sido notable: la Ley de Bienestar Animal ha redefinido muchos aspectos de la celebración, eliminando la presencia de animales exóticos y prohibiendo las antiguas rifas de gallos y cerdos vivos. Donde antes se mostraba un gallo enjaulado, hoy solo se enseña su fotografía; donde antes se rifaba un cerdo vivo, ahora se subasta una pata de jamón. La fiesta, sin embargo, no ha perdido un ápice de significado: sigue siendo un acto de protección hacia los animales que acompañan a los mijeños.


El baile de la rueda y la tradición del “ennoviamiento”
Si hay un elemento folclórico que distingue el Día de San Antón en Mijas, ese es el baile de la rueda. Realizado por mujeres del municipio, es una danza circular, sencilla, repetitiva y hermosa, que remite a tiempos en los que el baile era una forma de convivencia, de cortejo y de celebración comunitaria. Las coplas que lo acompañan están llenas de referencias a la búsqueda del amor, lo cual encaja perfectamente con el siguiente ritual del día.
Y es que, tras el baile, llega uno de los actos más pintorescos y comentados de la jornada: el lanzamiento de chinas —pequeñas piedras— a la entrepierna de la imagen del santo. La costumbre dicta que las mujeres solteras deben lanzar tres piedras e intentar acertar en esa zona concreta; si lo logran, encontrarán pareja o recibirán el favor del santo en cuestiones de amor.
El origen de esta tradición es, cuanto menos, curioso. Y es que se trata realmente de una confusión: a quien se le pide matrimonio es a San Antonio de Padua, no a San Antón Abad. Pero el equívoco se quedó, y Mijas lo transformó en tradición propia. Y en un pueblo donde las tradiciones se respetan casi con devoción, nadie ha intentado corregirlo. Por supuesto, no se lanza sobre la talla original —una obra de enorme valor histórico, de las más antiguas de la provincia de Málaga— sino sobre una réplica situada en la fachada.
Sabores que también son patrimonio
La fiesta no termina con los rituales religiosos y folclóricos. Para muchos, lo más esperado viene después: la comida. Los mayordomos preparan, desde la madrugada, los callos que se sirven a vecinos y visitantes. Es un guiso humilde, contundente, caliente, de esos que unen cuerpos alrededor de una mesa. Un plato popular que, en este día, sabe a tradición. Y ya, por la tarde, la jornada culmina con una buñuelada. El olor a masa frita, azúcar y anís impregna Osunillas y marca el final perfecto de una celebración que combina devoción, folclore y comunidad.
Una fiesta que es identidad
Cada 17 de enero, Mijas se mira en un espejo y reconoce su esencia: un municipio que ha cambiado, crecido y se ha modernizado, pero que conserva la capacidad de reunirse alrededor de una ermita, de un santo y del sonido que parece sacado de otra época. Porque, más allá de los rituales, el Día de San Antón funciona como un recordatorio de comunidad: un espacio donde el disfrute entre vecinos se convierte en tradición, donde las historias familiares vuelven a contarse y donde los más jóvenes descubren que la herencia cultural no siempre se escribe en los libros, sino en gestos y costumbres que pasan de mano en mano. Es, en cierto modo, una celebración que enseña a mirar hacia atrás para comprender el presente, una manera de decir que la modernidad no tiene por qué borrar lo que nos construyó.
Y así seguirá siendo mientras, en una mañana fría de enero, alguien suba a la ermita de Osunillas y haga sonar la caracola que despierta un pueblo entero.













