Imagina contemplar la entrada de Jesús de Nazaret en Jerusalén entre vítores, asistir a la solemnidad de la Última Cena, presenciar la tensión del juicio y recorrer el camino hacia la crucifixión en un mismo espacio y ante tus propios ojos. Eso es lo que sucede con El Paso de Benalmádena cada Semana Santa. No interpela únicamente a la fe, sino que se erige, sobre todo, como una manifestación patrimonial que trasciende lo religioso para situarse en el terreno de la historia y la tradición.
En 2011 fue reconocida como Fiesta de Singularidad Turística Provincial. Se desarrolla en el Parque Retamar, convirtiéndose en un gran escenario donde la historia cobra vida. El Jueves Santo y el Viernes Santo, partir de las 11 de la mañana, más de 300 vecinos participan en esta representación de la Pasión de Cristo, dando forma a un montaje que trasciende lo meramente teatral. No son actores profesionales -aunque podrían serlo- sino ciudadanos que, generación tras generación, han asumido el compromiso de mantener viva esta tradición. La estructura itinerante y la cercanía con los intérpretes permiten una experiencia inmersiva, donde el espectador no solo observa, sino que se adentra en el relato.
A pesar de que existen otras representaciones similares en la provincia, El Paso de Benalmádena destaca por su carácter singular. El texto, escrito en una combinación de verso y prosa, aporta una riqueza expresiva poco habitual en este tipo de montajes. Además, entre escena y escena, se incorporan bailes y se interpretan saetas, lo que introduce pausas cargadas de simbolismo y emoción.
El valor de esta tradición reside también en su dimensión humana. Algunos de sus participantes llevan más de tres décadas interpretando el mismo papel, consolidando una herencia cultural que se transmite no solo como conocimiento, sino como vivencia compartida. Familias enteras han formado parte del elenco a lo largo de los años, convirtiendo la representación en, prácticamente, un legado.
El Paso no es únicamente una escenificación religiosa; es una manifestación cultural que refleja parte de la identidad de un pueblo. La implicación vecinal, el arraigo histórico y la capacidad de emocionar al público lo han convertido en una cita imprescindible dentro del calendario de la Semana Santa en la Costa del Sol.















