
Alguien debió decir alguna vez que de quien más se aprende es de quien más desea aprender. Y bien podría estar pensando en Manuel Montes, que a sus 80 años —y medio— cursa su tercera carrera universitaria. Una trayectoria académica a la que se suma una larga vida profesional como comercial y su labor como catequista de confirmación y voluntariados. Y es que aprender, en su caso, no ha sido nunca una etapa, sino una forma de estar en el mundo.
Casado, padre de ocho hijos y abuelo de veinte nietos, Manuel Montes habla de su vida con la naturalidad de quien no siente que haya hecho nada extraordinario. “Llevo estudiando desde que tengo uso de razón”. Su relación con el aprendizaje comenzó muy pronto, “en preescolar, con los Agustinos”, y continuó en la Escuela de Comercio, donde cursó Peritaje Mercantil. Más tarde se formó como profesor de esa misma especialidad y aprobó unas oposiciones que lo llevaron a Intelhorce, una etapa decisiva también en lo académico. “Allí me facilitaron estudiar la carrera de Económicas”, recuerda.
Cuando se casó, apartó los estudios para trabajar y centrarse en su familia. Se dedicó al área comercial hasta que un accidente lo llevó a jubilarse antes de lo previsto y fue entonces cuando decidió volver a las aulas para meterse “en un tugurio”, dice entre risas, refiriéndose a la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Málaga. Aquella carrera la terminó en apenas dos años. “Por aquel entonces no me costaba”, afirma. Después llegó un doctorado que se alargó seis años y culminó con la defensa de su tesis. Desde entonces ha trabajado para medios locales y aún sigue escribiendo artículos. Cuando cerró su etapa académica en Comunicación, lejos de dar por concluido su recorrido universitario, tomó otra decisión inesperada: matricularse en Historia, y ya va por tercero.
Eligió Historia por una razón muy concreta. “Sentía que no sabía lo suficiente”, confiesa. No se trata, en su caso, de acumular datos ni fechas. “La memoria es lo que más me cuesta”, reconoce, “pero yo no enfoco la Historia para memorizar, sino para aprender de ella”. En ese aprendizaje hay también una mirada crítica: “La Historia se repite cada 25 años”, afirma, y lamenta que “en España nos infravaloramos mucho, no sabemos casi nada de nuestros antepasados, y menos aún de los musulmanes, que han estado aquí muchísimo tiempo y los tenemos metidos en un cajón”. En clase, asegura, no se siente distinto. “Tengo las mismas ganas de aprender y de vivir que el resto”. Quizá por eso conecta con estudiantes de varias generaciones, sin necesidad de subrayar su edad.
Su día a día responde a una disciplina tranquila. Se levanta temprano, escribe, revisa correos y trabaja para los medios. “A las once paro y me pongo a estudiar”. Al mediodía va a la piscina, “a ver si me arreglan la espalda”, bromea. A las tres y media entra en la universidad y no sale hasta las ocho y media. Un día a la semana, además, prolonga la jornada hasta las nueve y media para dar catequesis de confirmación. Es católico practicante y lleva años vinculado a esa labor pastoral. Los fines de semana, estudia, hace apuntes y sale «por ahí a vivir, que también está bien”.
Cuando se le pregunta por el futuro, no ofrece grandes planes. “No sé qué haré cuando termine”, admite. “No sé si estudiaré otra cosa… ya lo veremos”. Hace una breve pausa y sonríe antes de rematar la idea: “Lo importante es seguir vivos”.














