
Puestos. Mesas plegables. Cajas abiertas. Juguetes sin brazos, sin ojos, sin historia presente. Polvo acumulado en el plástico, recuerdos olvidados entre muñecas descoloridas y figuras de acción heridas por el tiempo. Donde la mayoría pasa de largo, Petter Okka se para. Observa. Imagina. Ve piezas que merecen una segunda vida y juguetes que aún no han dicho su última palabra. Así nació Los Cazajuguetes, un proyecto con presencia en todas las redes sociales que ha convertido a este creador malagueño en uno de los grandes referentes del rescate, la reparación y la reinterpretación artística del juguete.
Desde siempre, el creador de contenido sintió una atracción natural por el mundo audiovisual, la construcción y el arte en todas sus formas. “Siempre me ha gustado crear”, explica. Coleccionaba juguetes y subía vídeos sin demasiada repercusión. Hasta que un día, casi como un reto lanzado al aire, un amigo le hizo una propuesta clave: ¿por qué no vas a los mercadillos y enseñas los juguetes que rescatas? Lo hizo. Y el resultado fue inmediato. “Subí un vídeo a YouTube y, de repente, tenía más de 25.000 visitas. Ahí me di cuenta de que eso gustaba, y mucho”.
El canal fue evolucionando por etapas, siempre marcadas por la respuesta del público. Primero llegó la fase más documental, centrada en rescatar juguetes y narrar su historia con precisión casi de archivo. Después, los seguidores empezaron a insistirle: “siempre he sido un poco manitas” confiesa. Y finalmente, Okka dio el salto definitivo hacia la creatividad. Hoy no solo repara, sino que “tunea” los juguetes, especialmente monstruos, figuras abiertas a la imaginación y al juego simbólico, transformándolos en piezas únicas donde cada espectador proyecta su propia lectura. “Los monstruos dejan mucho más espacio para que cada uno imagine lo que quiera”, señala.
Esa interacción constante es una de las claves del éxito de Los Cazajuguetes. Los vídeos se explican al detalle, el proceso se comparte paso a paso y la comunidad participa activamente. “La gente interactúa muchísimo, opina, propone, se implica”, cuenta. El proyecto es, además, deliberadamente family friendly: a los niños les atrae el universo del juguete y la fantasía; a los adultos, el coleccionismo, la nostalgia y el valor artesanal. “Quiero llegar a todo el mundo”, resume Okka, “no elegir un público, sino unirlos”.
¿Y qué ocurre con los juguetes una vez terminados? Algunos se quedan en su colección, otros se intercambian e incluso se regalan. Venderlos no le resulta sencillo. “Tengo un poco de síndrome del impostor —confiesa—. No quiero venderlos caros porque no dejan de ser juguetes, pero tampoco baratos, porque son mi arte. Así que prefiero no hacerlo”. Y así, entre polvo, pintura y paciencia, los juguetes vuelven a tener una vida.












