El deporte y la buena mesa siempre han compartido un vínculo especial, una sinergia donde el esfuerzo en el campo culmina con la celebración en el plato. La Marina de Sotogrande es el testigo perfecto de esta alianza, que recientemente ha brillado con luz propia cuando el restaurante Don Diego ha sido anfitrión de honor para los grandes protagonistas de la prestigiosa Copa Joseph McMicking. Lejos de ser una casualidad, este acontecimiento es el reflejo de un legado que entrelaza de manera inseparable la evolución culinaria de la zona con su marcada y genuina vocación deportiva.
Juan Moncayo, alma que distingue al establecimiento, ha sido el encargado de abrir las puertas a los deportistas. «Es un orgullo inmenso para nosotros haber agasajado a los participantes de la Copa Joseph McMicking», ha trasladado Moncayo con evidente emoción. Es precisamente esta pasión incombustible y su anhelo constante por innovar los que han llevado a Don Diego a liderar el mapa gastronómico de Sotogrande, logrando ser el primer local de la zona en obtener la codiciada Q de Calidad en el año 2020.
Un legado forjado entre palos de golf y alta hostelería
Para comprender la raíz de este arraigo, es imprescindible mirar al pasado. El espíritu que hoy llena de vida a Don Diego fue esculpido por Diego Moncayo, padre de Juan, quien inició su brillante trayectoria profesional precisamente en los epicentros deportivos de la zona: el Real Club de Golf y el Club de Playa. Fue en aquellos torneos y encuentros donde Diego, gracias a su innegable talento, comenzó a organizar caterings privados, asimilando la vasta diversidad cultural de los residentes y perfeccionando recetas de todos los rincones del mundo. Tras ascender hasta convertirse en segundo maître y sommelier del Hotel Sotogrande, su amor por la gastronomía se cristalizó en Casa Moncayo, otro restaurante con el que Don Diego comparte dueño y calidad.
Sin embargo, toda tradición necesita una reinvención para no estancarse. Fue hace diez años cuando Juan Moncayo, recogiendo el testigo familiar, decidió sumergirse en un nuevo viaje profesional, una travesía audaz que le llevaría a convertirse en el indiscutible referente gastronómico de la comida Nikkei, no solo en Sotogrande, sino en toda Andalucía. Un éxito superlativo que nace como fruto de un trabajo de investigación constante, de una innovación incesante y, sobre todo, de una inmensa valentía. “Quería romper moldes con lo que ya había en la zona. Tenía experiencia en la gastronomía japonesa, me informé, aprendí y aposté por ofrecer comida fusión japonesa peruana”, rememora Moncayo sobre aquellos inicios desafiantes.
Don Diego es, sin duda, un viaje
Si en Don Diego han tenido algo claro desde el principio es que no existe, probablemente, una experiencia vital que enriquezca tanto el espíritu humano como la de viajar. Por ello, poder emprender ese fascinante periplo internacional sin necesidad de hacer maletas, simplemente sentándose a la mesa, ha sido su objetivo. Trasladarse a la milenaria cultura de Japón, hacer una escala vibrante en Perú, degustar la perfección de un arroz cultivado en los campos de Italia o California y, finalmente, regresar al hogar con el inconfundible sabor del mejor atún rojo del Estrecho de Gibraltar.
La revolución de los sabores
Bajo la batuta de Juan Moncayo, un líder apasionado, cercano y profundamente enamorado de su tierra, Don Diego no ha cesado en la búsqueda de la excelencia, llevándole a explorar de forma continua nuevos horizontes y a incorporar técnicas internacionales, siempre elevando el producto local con un respeto absoluto.
Quien tiene el privilegio de llegar a las puertas de Don Diego se lleva consigo una experiencia integral. Desde su espectacular terraza exterior, los comensales pueden divisar el suave vaivén de las embarcaciones de La Marina mientras que, en su cuidada zona interior, disfrutan de la intimidad perfecta para saborear una carta exquisita. Cada detalle está milimétricamente estudiado: “En Don Diego intentamos que el público salga sorprendido, que cada plato le aporte algo diferente. Pensamos el tipo de música que ponemos, cuidamos el ambiente, el menaje, el mobiliario, la estética y trabajamos para que el cliente disfrute de una experiencia única en toda la Costa del Sol”, detalla el empresario.
Actualmente, el restaurante se encuentra inmerso en un ilusionante proceso de renovación para ofrecer una carta aún más ambiciosa, diseñada para sorprender al paladar más exigente. El viaje gastronómico comienza con unos entrantes que apelan tanto a la nostalgia como a la innovación: desde las tradicionales «croquetas de mi mamá» y las de gamba de Estepona, hasta las imprescindibles gambas al pil-pil, un tributo directo al producto local. La influencia global se hace notar con el ceviche nikkei, los exóticos mejillones al estilo Thai, las crujientes tortillitas de lubina o la delicada gyoza de setas y edamame. Todo ello se puede refrescar con opciones ligeras y vibrantes como la ensalada Fruity Chicken, la de inspiración Thai, o las elaboraciones a base de pato, salmón o burrata.
En el apartado de platos principales, la propuesta se bifurca para abarcar todos los gustos. Por un lado, la herencia asiática brilla a través de woks, arroces y pastas, destacando el espectacular pad thai de langostinos y el yakimeshi, disponible en versiones de pollo o de tofu con verduras. Por otro lado, los amantes de la carne encuentran su paraíso en jugosas hamburguesas caseras —que incluyen una contundente doble burger de solomillo de ternera y una cuidada opción vegana— y en cortes premium de la talla del solomillo de ternera frisona, el solomillo irlandés, la picaña, el entrecot de Irlanda o la sabrosa colita de cuadril argentina.
El mar, omnipresente en Sotogrande, reclama su protagonismo a través de una selección donde los pescados salvajes y el producto de cercanía son innegociables, una convicción que aleja a Don Diego de las modas pasajeras. Los comensales pueden deleitarse con tacos de atún del Estrecho, bacalao negro al horno con crema de verduras, lubina Thai a la plancha, y piezas excepcionales como rodaballo, lenguado, gallo San Pedro, langostinos tigre o salmón.
A esta sinfonía de sabores se suma la que es, sin lugar a duda, la joya de la corona asiática: una propuesta de sushi considerada por muchos como la mejor de toda la zona. Los artesanos del restaurante despliegan su magia en creaciones que van desde rolls futomaki y lobster, hasta elaboraciones más puristas como el tartar sake, el tataki maguro o el sashimi hotate
El festín culmina con un toque dulce irresistible. La casa recomienda especialmente sus mochis caseros de mango, que comparten protagonismo con clásicos reinventados como el brownie de chocolate blanco, el tiramisú, la tarta de queso y pistacho, o refrescantes helados y chinola9. Para alargar la sobremesa, nada mejor que dejarse seducir por su cosmopolita carta de cócteles.
El lujo invisible de la cercanía
Ubicado a tan solo unos minutos de la Costa del Sol, Don Diego es un refugio estratégico, un lugar resguardado del ruido y el bullicio al que se llega por recomendación y al que siempre se vuelve por absoluta convicción. Pero si hay un secreto detrás de este éxito sostenido, es el factor humano.
El factor humano: su verdadera estrella Michelin
Esa filosofía de transformación social encuentra su máxima evidencia en el mimo y la apuesta por el cuidado de su equipo. Don Diego cuenta con un grupo multidisciplinar, procedente de diferentes países e influenciado por diversas culturas, que trabaja día a día, incansablemente, por mantener el estatus de excepcionalidad que el restaurante ha forjado en estos ocho años. Desde expertos en el milenario arte del sushi, hasta especialistas en el manejo de la plancha, en el delicado proceso de las carnes maduradas o en los vibrantes secretos de la gastronomía peruana. “Lo más importante para que esto funcione es la coordinación que existe en el equipo, que todo vaya a la perfección”, señala su gerente.
En las palabras de Moncayo se percibe un orgullo genuino hacia el grupo humano que ha logrado vertebrar. Su enfoque va más allá de la mera relación laboral; busca ser una escuela de vida y emprendimiento. “Algo que siempre he buscado es que todo aquel que forme parte de este restaurante consiga no solo convertirse en un profesional formado, sino que salga con la ambición, ganas y sabiduría para poder desarrollar su propio negocio. Porque en ello también se basa Don Diego”, afirma con rotunda convicción. Es este equipo el que, alejándose de la fría etiqueta para abrazar la cercanía, convierte el servicio en un «lujo invisible» que no depende de la factura final, sino del profundo cariño por el oficio, un detalle que el cliente percibe de inmediato.
Redescubrir Andalucía
En esta nueva y madura etapa, con el eco de los trofeos deportivos y las celebraciones aún resonando en sus elegantes salones, Don Diego lanza un mensaje claro al mundo: la aventura no ha terminado. Tras todos estos años al mando, Moncayo no contempla detenerse. Con la misma ilusión desbordante de sus orígenes, su mente ya está trazando los próximos rumbos: “Me gustaría potenciar los productos andaluces, tanto los peces y el buen marisco de Andalucía, como productos nacionales. Poder ofrecer platos fusión con la gastronomía española. Ese será nuestro siguiente objetivo”.
Atravesar las puertas de este establecimiento no es, en definitiva, simplemente salir a cenar; es embarcarse en un viaje sensorial por la memoria, por el sur y por el mundo. Un viaje que comienza con el sencillo acto de realizar una reserva, pero que, impulsado por un equipo que ama profundamente su oficio, perdura grabado en la memoria mucho más allá del último bocado.












